..every man is desirous of what is good for
him, and shuns what is evil.... and this
he doth, by a certain impulsion of nature,...

Thomas Hobbes 

 
(…todo hombre desea lo que le resulta bueno,
y rechaza lo malo…y esto hace por cierto
impulso de la naturaleza)

 

I
ESTACIÓN DE LLUVIAS


1
Me agazapé entre la espesura y espié como solo puede hacerlo un perseguido: el calvero, parches de tierra y pastos pisoteados, y detrás el shabono1, del que subían tres espirales de humo; y detrás aún más selva, toda la selva. Ni una brizna se movía. Pensé en esos hombres que no eran como yo, que no conocían un hombre como yo. Pero no me quedaba otra carta. Verifiqué la escopeta, tragué saliva y salí al sol de muerte.
Avancé cauto. El polvo y los pastos amortiguaban mis pisadas. Una gota de sudor me escoció en un ojo: me restregué con un dedo, que rápido devolví al gatillo. Amartillé. A cada paso al descubierto parecía que el descampado se alargaba un paso más. Me detuve, acomodé el sombrero, fijé la vista en la entrada y avivé la marcha.
Me paró un olor que era múltiples olores: a humo, a carne quemada, a fruta rancia, a heces; olor a humano. Sentí náuseas, que contuvo el miedo.
Apreté unos trancos y quedé en suspenso ante la entrada: la plaza estaba desierta; los fuegos, desatendidos; un cráneo de tapir adornaba un poste; unas gallinas picoteaban aquí y allá; y bajo el techo sólo penumbra. Aspiré hondo y entré hasta el centro del recinto. Tres perros a los que se podía contar las costillas me ladraron desde lejos.
En los fondos de la penumbra distinguí unos bultos. Se movían despacio, o no se movían. Uno de ellos fue tomando forma hasta que salió a la luz y se hizo hombre, el pene atado hacia arriba con un hilo alrededor de la cintura, una cola de mono alrededor de la cabeza. Estaba desarmado. Ni se movió ni habló, pero como a una orden suya surgieron otros hombres, y arcos y flechas y garrotes. Ojeé a un lado y a otro, me giré. Me habían rodeado. La desnudez aumentaba la amenaza de las armas. Ensayé una sonrisa y a modo de saludo alcé una mano que no quería alzarse. A mi derecha lloró un niño; me volví, me saqué el sombrero, incliné la cabeza. Ni una palabra ni un gesto me respondieron; sólo miradas. Hasta que estalló un grito y detrás cientos. Empecé a arrepentirme de estar allí, de haber varado la lancha tan lejos, de tener una sola escopeta y sólo dos manos. El griterío cedió y quedó un murmullo que comenzó a cerrarse sobre mí. Se paró a una decena de metros, todo ojos, puntas de flechas. Tragué saliva, sonreí como pude, repetí el saludo.
Un hombre de movimientos simiescos y mocos que le colgaban hasta la boca se impuso a la turba. No entendí su lengua, pero sí la dureza de sus gestos. Hubo otro grito, y luego un zumbido que crecía y un golpeteo de flechas contra arcos. Observé los rostros de plumas o patas de pájaro en las orejas: retrocedí unos pasos. Zumbido y golpeteo cesaron. Las manos montaron las flechas; me supe, y me sentí, mortal. El tiempo se detuvo; esperé sin saber que esperaba.
De entre el tumulto se abrió paso el hombre desarmado. Me examinó con des