Cuentos

Cuentos

Cuentos (2)

LA VERDAD DE RICARDO GARCÍA MATAGA (de Los Falsarios) Aunque muchos lo vieron y hasta le oyeron hablar en más de una ocasión, no muchos lo conocieron, y hoy soy de los pocos que aún recuerdan a Ricardo García Mataga. Quizás una sucinta descripción y unos datos escuetos sirvan para traerlo a la memoria. Era ese hombre alto y enjuto, de bigote breve, que hace ya unas décadas frecuentaba el Café Central por las mañanas y Casa Elizalde por las noches. En él habían confluido nuestro moreno recio del sur y la altura desgarbada del norte, que explicaba la españolización de su apellido, McTaggart, traído por un tatarabuelo presbiteriano que había recalado en nuestra ciudad a mediados del diecinueve, según contaba él mismo en sus más que frecuentes discreteos.

Solos


SOLOS


We live, as we dream—alone. . . .
Joseph Conrad


En cuanto el chasquido de la llave resonó por el pasillo y las escaleras vacías, el hombre, con las yemas de los dedos, empujó la puerta, tanteó la pared a su derecha, encendió la luz y se volvió a la mujer:
—Pasa. Como si estuvieras en tu propia casa —a ellas siempre había que cederles el paso, no importaba lo que fueran o el país del que vinieran; así le habían enseñado de niño y así debía ser.
La mujer, acostumbrada a entrar en viviendas de extraños, miró a su alrededor sin reparo: el vestíbulo pequeño y su perchero, la cocina a la izquierda, el cuarto de baño a la derecha, otra puerta y su penumbra, que más que miedo le produjo curiosidad. Él entró y, sobre una mesita frente al sofá, encendió una lámpara que dio una luz blanco azulada.
—¡Wooo! —se sorprendía ella; pero no por el salón, los muebles, las cortinas; con lo que le había costado buscar, decidir, elegir, comprar; sino que se sorprendía por lo más natural: las paredes de suelo a techo cubiertas de estantes llenos de libros.

Leer más...

La experiencia de Fernández

LA EXPERIENCIA DE FERNÁNDEZ

(de Cuentos de un hombre a solas)

 

Hacía años que Fernández, ingeniero y funcionario de obras públicas, sospechaba que el tedio regulaba su vida. Con puntualidad, se levantaba, ya sin siquiera mirar a Marta, y, después de un café de pie y del ascensor que terminaba de despertarlo con las sacudidas en la cuarta planta, salía al tempranero ajetreo de la calle, que ya no advertía, porque él mismo era parte de ese ajetreo. Al cabo de veintinueve pasos exactos, diariamente contados en el transcurso de quince años que habían pasado con la velocidad del relámpago, llegaba a la esquina, cruzaba en diagonal hacia la izquierda y en diagonal seguía a través del parque. Su vida era fiel al “de casa a la oficina, de la oficina a casa”.

Leer más...
Subscribe to this RSS feed