Una concisa información biográfica debería bastar.

Como Diego Antonio Nieto Marcó (tilde en la “ó”, por favor) nací en el sur del mundo, donde emigraban los patos y terminaban las rutas aéreas, Buenos Aires, y también al sur del tiempo, allá por 1951. Estudié en esa ciudad y después en la Universidad de La Plata, y finalmente en la de Granada, España, sin omitir pasar también por la Complutense de Madrid.

Tuve la suerte, y no la única, de crecer entre dos idiomas, lo que me abrió las puertas de otros idiomas, lo que a su vez me abrió las puertas de diferentes literaturas y, sobre todo, las del viaje (del viaje no del turismo), que me dio a conocer el mundo por dentro, o sea a sus gentes y sus urbes y sus grandes espacios, esos grandes espacios deshabitados que terminan por habitar en lo más profundo de nosotros: la alta montaña, la selva, el desierto, alta mar.

Alguna vez pensé: “Lo mejor que he hecho es jugar al rugby y escalar montañas, porque lo efímero es lo único que permanece en nuestras vidas”. Porque sospecho que el que uno haya estudiado en un colegio inglés lleno de niños ingleses, o haya jugado en el mágico jardín de los abuelos con una oveja que se llamaba Margarita y unas exóticas aves zancudas (teros) que anunciaban la llegada de los extraños y la lluvia;

que uno haya vivido en esta ciudad o aquella otra, y en más de una aldea perdida y hasta haya estado en Tecka (¿quién iba a Tecka en los ’70, que apuntaba a pueblo fantasma?);

que uno haya pasado hambre (mucha y muchas veces) y haya hecho comestible lo incomible;

que uno se haya caído en una grieta y perdido en una selva de verdad, sin ovejas ni teros, sino mosquitos, tarántulas, serpientes; y esa lluvia;

que uno haya viajado en barco, burro, lancha, caballo, pick-up, avión, etc, (no en helicóptero, por suerte);

y que uno, por poner fin a esta enumeración, con el devenir de los años haya publicado algunas cosillas y que haya recibido algún premio;

son meros accidentes que conforman la vida de uno para uno, pero uno no es esos accidentes (lo efímero), uno es su pensamiento. Espero que el mío lo encuentres en esta página, y en esta sección.